Mi casa es un streaming aleatorio de recuerdos foráneos:
El Palacio de la Papa Frita en Corrientes; el Galaxie en el Edificio Canadá, entre Revolución y Tacubaya. Oaxtepec o Acapulco, Camurí Grande o Choroní.
El horrendo Hilton de San Juan versus el imponente Barrio Japonés paulista en Liberdade y aquél recogelatas al que le regalé ese udon asqueroso.
Un bocadillo de calamar en La Ideal o el vintage sobrio y elitista de Amarcord en Williamsburg.
El aeropuerto de Costa Rica por 2 horas en una escala y la sala de inmigrantes sin visa en Miami; un sacrificio por terceros.
Un año en Houston, seis meses en México. Amigos cercanos que jamás volveré a ver, pero que recuerdo en caras y ademanes.
Budapest y Oroszlány: la mitad del origen. El Náutico, la otra mitad. En medio: trazos caraqueños colados desde La Floresta. Las tardes corriendo por el Aruflo con el perro de turno en casa de la abuela. Mopa, el caniche de la vecina, pequeño como un suspiro infantil, ladrando como una fiera bajo la rendija del portón contiguo.
El Ibirapuera gigante, verde y colosal, contra un adusto Parque del Este. Niemeyer en la cúspide y Burle Marx en el olvido.
El frío con sol de Bogotá, escuchando vallenatos en una van con Camilo y Karim.
Una milanesa en el Café Nostalgia de Palermo, ó 20 calcomanías por 20 pesos en El Chopo.
Ver a Björk en Las Ventas o a Lightspeed Champion en el Mercury Lounge.
Mi memoria es mi casa. Una casa gigante, habitada por eventos, lugares, personas y amores.
Una casa que cambia de color a diario y que no tendrá lugar en la Tierra cuando deje de respirar.
Confieso: sí, puedo construir una casa entera, de dos pisos y un anexo sólo con envases de Cup of Noodles sabor a Pollo. Ese, el que trae el bendito sobrecito de salsa Valentina. Y me pregunto, ¿por qué los demás sabores no lo traen?. Hoy probé sabor a Carne de Res. Milagrosamente traía el sobrecito de Valentina. Pero es primera vez que lo veo. Nota mental: escribir una carta para que la incorporen a la de camarón. Cuando tengo gripe, que usualmente ocurre simultáneamente con la gripe de mi novio; cuando me siento mal, cuando las hormonas atacan, cuando pierde el Madrid, cuando no hay nada en la nevera, la Cup of Noodles de Pollo con sobrecito de salsa Valentina está en mi alacena. Siempre en pares, porque al chico también le encanta. O al menos eso dice, para agradarme. Aunque no creo que mienta: paladear sodio saborizado y fideos rehidratados con guisantes es una experiencia inenarrable. Anexo 1.0: el envase de esta noche. Dios bendiga la comida deshidratada, los envases tósigos y –por supuesto– la salsa Valentina.
Mucho mejor que ir al cine: tomarnos de la mano mientras vemos la película
Thom: You just haven’t figured it out yet, have you.
Nick: What?
Thom: …The big picture!
Nick: I guess not.
Thom: The Beatles.
Nick: What about them?
Thom: This.
[grabs Nick’s hand]
Thom: Look, other bands, they want to make it about sex or pain, but you know, The Beatles, they had it all figured out, okay? “I Want to Hold Your Hand.” The first single. It’s effing brilliant, right?… That’s what everybody wants, Nicky. They don’t want a twenty-four-hour hump sesh, they don’t want to be married to you for a hundred years. They just want to hold your hand.
Porque no hay Gwen sin Debbie, ni ombré sin Debbie, ni disco rock sin Debbie.
Porque antes de mi adolescencia ya atesoraba una agenda holandesa de Blondie 1979 que mi mami compró cuando vivía en Amsterdam con mi papá. Corría el ‘78, el viejo hacía un master y mi mamá deambulaba la ciudad con sus amigas. Tenía 21 años.
Ya me esperaban, y me contó que le daban unos antojos increíbles de queso holandés con pepinos encurtidos y arenques.
Porque el labial rojo jamás estuvo tan justificado como el que Debbie usó para disimular sus dientes amarillentos: quizás por los cigarrillos. O quizás, por pura genética.
Cualquier preadolescente inspirada en Debbie Harry tiene coolness asegurado si su musa lleva denim cutoffs en interminables fotos: rockerísima.